La Feria del
Libro (antes de Saltillo, ahora de Arteaga), dijo el todavía Gobernador, "ha
ido creciendo y no había otro recinto" (VANGUARDIA, agosto 15, 2013). Interesante
que el titular del Ejecutivo reconozca la ausencia de espacios dignos en la
capital para celebrar eventos de asistencia regular a importante (¿cómo
aspirar, entonces, a un Estado competitivo; cómo promover, por ejemplo, el
turismo de negocios y convenciones?).
Y luego, en esa
misma entrevista, el remate muy al estilo. Emplear la palabra, esa que se lleva
el viento, para que todo parezca fríamente calculado: "Estamos logrando el
propósito nuestro que la cultura esté al alcance de todos, y que quede claro
que la cultura no es patrimonio de unos pocos, sino es patrimonio de
todos" (VANGUARDIA, nota ya aludida).
Suena bien, pero
¿el discurso puede descansar en los hechos?
La asistencia en
la Feria ha bajado. Resulta que es un evento que, en las palabras, va
creciendo; pero su columna presupuestal cuenta otra historia.
¿Urge un
replanteamiento? Tal vez desde aquella decisión de sacarla del Museo del
Desierto, si se ve detenidamente.
Ser la sede de la
Feria, sin duda, es un enorme honor para la Autónoma de Coahuila. Pero ¿sabrá
la Universidad honrar tal distinción? Una anécdota, por lo que creo que la
respuesta es no. Un testimonio personal, relacionado con la Feria y la Casa de
Estudios.
El 17 de mayo del
2012 recibí un correo sobre un volumen que propuse, a partir de una
convocatoria pública, para integrarse a la más reciente serie de la
"Colección Editorial Siglo XXI, Escritores Coahuilenses". Era un
correo de parte de la coordinadora y comenzaba diciendo: "quedaste dentro
de la colección ¡¡¡¡felicidades!!!!".
No me entretengo
en detalles. Ocho meses más tarde, en enero de este año, me avisaban que todo
iba bien, que se estaba trabajando ya con las ilustraciones. En aquella
ocasión, por primera vez, compartí en Facebook sobre los avances de ese
proyecto editorial.
¿Existen las
casualidades? De alguna manera, poco después de mi comentario en redes
sociales, recibo otro correo citándome la primera semana de febrero para
"hablar" sobre el manuscrito. Por diversas razones no podía asistir,
así que la comunicación siguió de manera virtual.
Prácticamente
diez meses después de la felicitación, todo cambió. Advertían
"inconsistencias" en el texto, me pedían la eliminación de un
apartado completo "porque no corresponde a los géneros que estamos
aplicando en la colección". En un correo posterior, cuando manifesté mi
sorpresa, hasta me avisaban "que el dictaminador no hizo el trabajo
completo y me atrevo a decir que ni siquiera llegó a revisar la mitad". Me
daban tiempo para cambiar los textos, escribir algo diferente. Pero frente a lo
visto, ante la incertidumbre e irregularidades, opté por no formar parte de la
Colección y le comuniqué mi decisión a la coordinadora.
A quienes en su
momento les confié lo sucedido, opinaron que todo parecía censura: consecuente
con la línea crítica manejada en este espacio, alguien habría querido quedar
bien o evitarse problemas. ¿Existen las casualidades? Se supo por redes
sociales, alguien avisó; así lo creen.
Yo me resisto a
verlo así. Quienes hemos tenido la oportunidad de publicar, sabemos que por
diversas razones no todo lo que se propone es publicado. Pero eso se sabe desde
el principio, no un año después.
Total. Ahí anda,
en la Feria del Libro de Arteaga en el Recinto Universitario, la serie de
la Colección con un parche en sus solapas. Tan bien iba todo, que hasta las
pastas de la Colección estaban ya impresas. Ahí anda mi nombre tapado bajo una
obra que, por muy buena que pueda ser, dudo haya llegado a la Colección vía la
convocatoria pública.
Así, en este
ejemplo, la manera en que la Universidad (sus funcionarios responsables, al
menos) respeta sus propios procesos, sus propios productos culturales. Un
parche: ni en el remiendo hubo pulcritud. Todo queda en la decisión de pocos.
Pero basta de anécdotas.
Larga vida a la
Feria del Libro. Esperamos, a pesar de todo, se vuelva una buena tradición.
Ojalá no se haya
firmado ya el acta de defunción de este evento cultural que venía cuesta
arriba, pero creciendo; ojalá que esta edición sea un bache pasajero.
Ojalá.
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