Con inesperada
eficiencia, en menos de quince días, se aprobó una reforma en materia electoral
que se traducirá, a grandes líneas, en más regidores en los municipios.
La iniciativa se
presentó en el Congreso del Estado el pasado 17 de abril. Una semana después,
se dispensó la segunda lectura. Al día siguiente, la Comisión competente la dictaminó
en positivo. Como ya habían pasado las cuatro sesiones, que por costumbre y ley
deben celebrarse por mes, se citó a una quinta para aprobarla en el Pleno. ¡Si
con esa velocidad se hiciera todo en el Congreso!
Así las cosas: de
la pluma y la inventiva de un diputado que ni alcanzó a formar Grupo
Parlamentario, apareció una iniciativa que, repentinamente, aglomeró mayorías.
¿Casualidad? Para verlo y no creerlo: Ese mismo diputado ha presentado, sin la
misma suerte, otras muchas iniciativas en materia penal y civil: ahí están,
enfriándose en algún cajón.
No se trata de
disminuir el trabajo de las minorías: Si hay vida en este Congreso es,
precisamente, por el trabajo de unos pocos. De hecho, en un descuido, uno
solo de los diputados de oposición ha presentado más iniciativas, más puntos de
acuerdo y ha participado más en Tribuna que juntos todos los diputados y
diputadas de la mayoría.
Lo que sí llama
la atención es la velocidad con la que este asunto en particular, llegó a buen
puerto.
En Coahuila, lo
electoral es tierra fértil para las reformas: ahí se ensayan mecanismos y
procesos que, de una elección a otra, cambian la composición y funcionamiento
de las instituciones del Estado. Coahuila es un laboratorio. Pero, sin perder
el foco, la pregunta de fondo en todo esto es ¿de qué sirve tener más regidores
en los Ayuntamientos?
En el discurso,
puede decirse que es una manera de fortalecer al Municipio. Se puede asegurar
que se busca abrir espacios a la pluralidad. Fuera de eso, del discurso, no hay
mucho por donde avanzar.
Para
fortalecerlos, los municipios necesitan la profesionalización de sus servidores
públicos operativos, necesitan invertirle más a la planeación y a la ejecución.
Lo que urge es cargar los acentos en las Policías y los servicios básicos. Pero
¿tener más regidores? Muy pocos tendrán el ánimo de defender eso de que
incrementar el número sirva. Entonces ¿para qué?
Por lo pronto, el
PAN sintió pasos en la azotea. Al calor del debate, en la sesión pasada, uno de
sus diputados dijo: "Pretenden bajo estos conceptos minimizar la
participación de elementos panistas dentro de cabildos. No veo el caso de que
se propongan más regidores de los partidos `chiquitos', que se pongan a ganar
solitos sus votos, gánense el dos por ciento, pero no con alianzas". Por
ahí, pues, pudiera ir la intención.
Los enterados
hablan de la creación, prácticamente a la vuelta de la esquina, de dos partidos
políticos estatales más: será una proeza poderlos enunciar de memoria y sin
equivocarse. Con un par de jugadores más en la cancha, y si el comportamiento
electoral se mantiene como hasta ahora, la reforma aprobada efectivamente
reduciría el panismo a su mínima expresión; además, desaparecería aquellos
partidos pequeños que no quisieran sobrevivir a la sombra del partido
dominante.
¿Un precedente?
Algo similar sucedió ya en la composición del Congreso: habiendo muchos
partidos, no hay pluralidad (una paradoja democrática, por cierto). Véase,
quien no lo crea, la conformación de los Grupos Parlamentarios: de los cinco que
existen, tres lograron conformarse con diputados alquilados a partidos recién
alumbrados o de poca presencia real estatal. Una verdadera alquimia electoral,
con profundas consecuencias en la democracia del Estado.
Por cierto,
durante la última sesión del Congreso se resolvió convocar al Instituto
Electoral para que, a la brevedad, se establezca una mesa de diálogo con los
diferentes partidos políticos. ¿La razón? Buscar una reforma electoral
integral. Esto, aunque suena pomposo, será estéril. Podría apostarse, doble
contra sencillo, a que la ahora llamada "reforma integral" no será
más que un asunto cosmético. Al tiempo.
Mientras tanto,
aprobada la reforma y legislando a pedazos, aplica aquella máxima descrita por
la paremiología mexicana: palo dado, ni Dios lo quita.