Debieron pasar
unos treinta años para comprobar lo poco que cambia el ejercicio del poder.
Tres décadas para verificar que las caras, los nombres y los detalles pueden
ser otros, pero, en esencia, la historia sigue siendo la misma.
Llegó a mis manos
un ejemplar del libro "El caso Flores Tapia", escrito por don Armando
Castilla y Mario Aguirre, publicado en 1982 por la editorial Grijalbo. Es para
leérselo de un solo tirón. Adentrarse en sus poco más de doscientas páginas, es
ver la fotografía de aquél viejo antepasado al que, todavía, se le siente
presente; es prestar oído para escuchar, en el momento más álgido, la palabra
de los protagonistas de un importante capítulo de la política coahuilense: la
primera denuncia por enriquecimiento inexplicable, delito de nuevo cuño a
principios de los años ochenta.
Un coahuilense
que, de la nada, llegó a la primera posición política de la entidad:
"vengo del pueblo y al pueblo consagraré mi esfuerzo", decía. Una
familia que no siempre fue aceptada en la high society, pero con la que
(repentinamente) todo mundo quiso emparentar. La constitución de varias
empresas (al menos en ese momento, se dijo no eran más que prestanombres) que
germinaron y se desarrollaron a la sombra de la imponente obra pública
realizada. Un articulista que al entonces gobernador le criticaba hasta su
manera de vestir ("usaba siempre camisas de colores chillones,
sicodélicas, de muchos estampados, sobretodo gustaba mucho de una de
pescaditos", dice el libro) y que, después de algunos favores, alguna
posición vitalicia y bienes inmuebles, "cambió la orientación de sus informaciones
y críticas". Ciudadanos que no comulgaban con la omnipresencia del
político y fueron, por eso, objeto de persecuciones y descalificaciones:
panistas, les llamaban sin militar en ese partido y, para la época, era ése el
beso del diablo. Y la lista sigue. Quien tenga ojos, que vea.
Un libro que es
crónica de los momentos más significativos y el producto de la investigación
disciplinada de un periódico como VANGUARDIA, señalando datos, actores y
sucesos. Incluso, en lo recopilado, pueden encontrarse un par de anécdotas que
dan color al episodio.
Una de ellas,
como muestra: Cuando Gobernador, aquél político fue padrino de la hija del
entonces tesorero. Al término de la fiesta, al grito de "¡bolo,
padrino!", parado sobre un trampolín, arrojó al fondo de la alberca varios
centenarios. ¿Y luego? La crema y nata de la ciudad, reaccionó: "los
casimires, los tules, los tafetanes. se ajaron y se encogieron, pero lo que
sufrió el mayor arrugamiento fueron los pergaminos antiquísimos de los
burgueses, aparte de las conciencias, claro". Una de las muchas anécdotas
que el libro recoge y, que de no ser por sus páginas, se olvidarían.
El libro es
un esfuerzo digno. Es, en resumen, la lucha de una casa editorial y sus
periodistas. Don Armando, a la cabeza. Es la vida de quienes, en tiempos de
autoritarismo, decidieron tomar el camino difícil. Fue atreverse, cuando ello
significaba apostarlo todo contra nada. Y ahora, treinta años después y como
recompensa, son las voces que trascendieron y cuentan la historia.
Al día de hoy, el
tiempo habrá suavizado algunos juicios de valor escritos y las encrespadas
aguas de la emotividad habrán tranquilizado su fuerza. Puede ser que, con el
tiempo, incluso algo de lo comentado en el libro esté ya rebasado. Pero no por
eso, su importancia disminuye.
Treinta años.
Ahora lo novedoso está en la transparencia y todo esto. Pero el camino sigue
siendo, para el ciudadano, tan a cuesta arriba como cuando se estrenaba aquél
delito de enriquecimiento inexplicable.
Para lo de ser
responsables, los políticos acostumbran a esperar sentados, porque el olvido se
parece al perdón de la Historia. Los periodistas, por el contrario, caminan
entre el riesgo que significa dar cuenta diaria de lo que ven y conocen. En el
libro "El caso", don Armando y don Mario hicieron lo propio, con el
valor de mantenerse de pie y avanzando. Imagino lo hicieron también queriendo
prevenir a las futuras generaciones de los errores cometidos. Pero fuimos, como
comunidad, de corta memoria.
Treinta años.
Otros nombres y otras caras. Pero, en esencia, la misma historia.
Esperando que,
dentro de otras tres décadas, la memoria dure más y los mismos errores no se
cometan, ¿cuántos otros libros pudieran (y debieran) escribirse el día de hoy?
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