Sobre el proyecto...

Archivo de las colaboraciones publicadas semanalmente en VANGUARDIA (Saltillo, México) en el espacio "En la Agenda" sobre lo que se observa en gobiernos subnacionales... Porque no se trata de un solo gobierno: son los mismos detalles que se ven por todos lados. Lo que lee pudiera ser de cualquier gobierno... o un gobierno cualquiera.

domingo, 22 de julio de 2012

El libro sobre el caso

Debieron pasar unos treinta años para comprobar lo poco que cambia el ejercicio del poder. Tres décadas para verificar que las caras, los nombres y los detalles pueden ser otros, pero, en esencia, la historia sigue siendo la misma.
Llegó a mis manos un ejemplar del libro "El caso Flores Tapia", escrito por don Armando Castilla y Mario Aguirre, publicado en 1982 por la editorial Grijalbo. Es para leérselo de un solo tirón. Adentrarse en sus poco más de doscientas páginas, es ver la fotografía de aquél viejo antepasado al que, todavía, se le siente presente; es prestar oído para escuchar, en el momento más álgido, la palabra de los protagonistas de un importante capítulo de la política coahuilense: la primera denuncia por enriquecimiento inexplicable, delito de nuevo cuño a principios de los años ochenta.
Un coahuilense que, de la nada, llegó a la primera posición política de la entidad: "vengo del pueblo y al pueblo consagraré mi esfuerzo", decía. Una familia que no siempre fue aceptada en la high society, pero con la que (repentinamente) todo mundo quiso emparentar. La constitución de varias empresas (al menos en ese momento, se dijo no eran más que prestanombres) que germinaron y se desarrollaron a la sombra de la imponente obra pública realizada. Un articulista que al entonces gobernador le criticaba hasta su manera de vestir ("usaba siempre camisas de colores chillones, sicodélicas, de muchos estampados, sobretodo gustaba mucho de una de pescaditos", dice el libro) y que, después de algunos favores, alguna posición vitalicia y bienes inmuebles, "cambió la orientación de sus informaciones y críticas". Ciudadanos que no comulgaban con la omnipresencia del político y fueron, por eso, objeto de persecuciones y descalificaciones: panistas, les llamaban sin militar en ese partido y, para la época, era ése el beso del diablo. Y la lista sigue. Quien tenga ojos, que vea.
Un libro que es crónica de los momentos más significativos y el producto de la investigación disciplinada de un periódico como VANGUARDIA, señalando datos, actores y sucesos. Incluso, en lo recopilado, pueden encontrarse un par de anécdotas que dan color al episodio.   
Una de ellas, como muestra: Cuando Gobernador, aquél político fue padrino de la hija del entonces tesorero. Al término de la fiesta, al grito de "¡bolo, padrino!", parado sobre un trampolín, arrojó al fondo de la alberca varios centenarios. ¿Y luego? La crema y nata de la ciudad, reaccionó: "los casimires, los tules, los tafetanes. se ajaron y se encogieron, pero lo que sufrió el mayor arrugamiento fueron los pergaminos antiquísimos de los burgueses, aparte de las conciencias, claro". Una de las muchas anécdotas que el libro recoge y, que de no ser por sus páginas, se olvidarían.
 El libro es un esfuerzo digno. Es, en resumen, la lucha de una casa editorial y sus periodistas. Don Armando, a la cabeza. Es la vida de quienes, en tiempos de autoritarismo, decidieron tomar el camino difícil. Fue atreverse, cuando ello significaba apostarlo todo contra nada. Y ahora, treinta años después y como recompensa, son las voces que trascendieron y cuentan la historia.
Al día de hoy, el tiempo habrá suavizado algunos juicios de valor escritos y las encrespadas aguas de la emotividad habrán tranquilizado su fuerza. Puede ser que, con el tiempo, incluso algo de lo comentado en el libro esté ya rebasado. Pero no por eso, su importancia disminuye.
Treinta años. Ahora lo novedoso está en la transparencia y todo esto. Pero el camino sigue siendo, para el ciudadano, tan a cuesta arriba como cuando se estrenaba aquél delito de enriquecimiento inexplicable.
Para lo de ser responsables, los políticos acostumbran a esperar sentados, porque el olvido se parece al perdón de la Historia. Los periodistas, por el contrario, caminan entre el riesgo que significa dar cuenta diaria de lo que ven y conocen. En el libro "El caso", don Armando y don Mario hicieron lo propio, con el valor de mantenerse de pie y avanzando. Imagino lo hicieron también queriendo prevenir a las futuras generaciones de los errores cometidos. Pero fuimos, como comunidad, de corta memoria.
Treinta años. Otros nombres y otras caras. Pero, en esencia, la misma historia.

Esperando que, dentro de otras tres décadas, la memoria dure más y los mismos errores no se cometan, ¿cuántos otros libros pudieran (y debieran) escribirse el día de hoy?

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