¿Una buena
intención justifica caminar a la orilla de la delgada línea entre lo legal y lo
arbitrario?
La historia es
cíclica, dicen. Los mismos sucesos envueltos en novedad. Situaciones muy
parecidas, diferentes personas.
El cierre de la
tercera década del siglo pasado, en Estados Unidos, se vistió de muerte. La
"Gran Depresión" hizo lo suyo, cierto. Pero más allá de las
travesuras de una mano invisible llamada mercado, la promesa de campaña de
Hebert Hoover, de hacer valer a toda costa la "Ley Volstead" (la
prohibición del alcohol, promulgada una década antes), incrementó la
temperatura y el saldo rojo.
Imposible
apretar, en estas líneas, toda aquella historia. Pero a más de uno le vendrá a
la cabeza el papel de Elliot Ness y sus "Intocables". Para terminar
con los chicos malos, en aquella guerra declarada contra el alcohol, se
emprendió una doble estrategia: o verlos como evasores fiscales o verlos como
contrabandistas. El famoso agente tomó las riendas en la segunda de las
vertientes.
Las acciones de
Ness, quien comenzó con un equipo de 300 agentes para quedarse (pruebas de
confianza, versión siglo pasado) con nueve, fueron el detonante de la
violencia. ¿Una buena intención justifica caminar a la orilla de la delgada
línea entre lo legal y lo arbitrario? Los estudiosos de aquel periodo siguen
sin ponerse de acuerdo sobre cómo calificar las acciones de "Los
Intocables". Finalmente, sólo contra Al Capone, Ness impulsó más de cinco
mil acciones por violentar la ley seca; pero fueron las poco más de veinte
denuncias por evasión fiscal (donde no se conoce de alguna gota derramada de
sangre) las que terminaron cumpliendo el objetivo.
Además del
Saltibus, el municipio arrancó el año con los "yonkes" clausurados.
Es un tema de protección civil, dicen. Todo está justificado, entonces, porque
no tienen el permiso de uso de suelo en regla, les falta un extintor o no
señalaron adecuadamente la salida de emergencia. ¿El detalle? Pues que la
clausura se hace empleando a grupos como el de Reacción Operativa
del Municipio, llamados Groms, o el Cobra. Desvían vehículos, cierran calles y,
mientras algunos colocan los sellos de Protección Civil y la Dirección de
Ecología y Desarrollo Urbano, otros vigilan el perímetro con armas largas
listas para cualquier contratiempo.
Al Municipio no
le motiva, oficialmente, la posibilidad de que esos negocios estén relacionados
con el crimen organizado. Pero, por la naturaleza de los operativos, al
menos lo sospechará.
Así sucedió con
los casinos. Así, con los bares. Y aun cuando todos estamos de acuerdo en que
debe hacerse todo lo que se pueda para disminuir el peso específico de los
chicos malos, la pregunta es la misma: ¿Una buena intención justifica caminar a
la orilla de la delgada línea entre lo legal y lo arbitrario?
No todos los
propietarios de los yonkes, creo, están al servicio del crimen organizado. Ni
todos sus trabajadores estarán seducidos por el lado obscuro. Lo mismo sigo
pensando de los casinos. Y si la autoridad tiene elementos contrarios a los que
aprecio (los toros desde la barrera son muy diferentes, podrán decirme) ¿no hay
manera de que se aplique más inteligencia en el asunto? ¿En verdad
"agarrar parejo" es la táctica más fina que puede ofrecerse?
Muchas veces se ha
dicho: la delincuencia se nutre con la falta de oportunidades. La clausura
definitiva, y no la búsqueda de la regulación cuando aplique, podría estar
cobrándole la factura a los justos y matando de risa a los pecadores.
Hacer que se
cumpla la Ley, es lo mínimo esperado de una autoridad; pero medir con distinta
vara, carcome su legitimidad. La expresión paremiológica, viene en enunciado
exclamativo: "o todos coludos, o todos rabones". Sin esta certeza, la
actuación municipal no es muy diferente a la Inquisición.
La historia es
cíclica, dicen. Allá en Estados Unidos, años después se derogó aquella Ley,
todos los actores quedaron viéndose unos a otros preguntándose para qué,
entonces, todo aquel episodio.
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