Las caras alegres
por la reelección de Obama coleccionaban todos los rasgos étnicos imaginables
Fue un final de
fotografía. Los resultados electorales preliminares, que durante la tarde del
martes pasado fueron fluyendo a cuentagotas, provocaron que lo mismo Demócratas
y Republicanos, sostuvieran el aliento en más de una ocasión. La moneda en el
aire y las boletas en las urnas. Al quince para la media noche, los noticieros
informaban: la carrera por la Presidencia había terminado y Obama seguiría despachando
desde la Casa Blanca.
La noticia me
sorprendió caminando por la Calle 23 de la capital del país, el corazón del
barrio histórico de Georgetown. Acababa de visitar el Monumento a Abraham
Lincoln y buscaba llegar a la Estación Azul del Metro antes de medianoche,
momento en que el servicio se suspende. Una hora antes había estado por la Casa
Blanca en busca, sin mucho éxito, de alguna reacción postelectoral. Había
estado en el lugar correcto, pero a una hora incorrecta.
Caminaba, como
digo, por aquella calle, cuando se dieron los resultados y la tendencia era
irreversible. Así debió ser, porque el silencio de la noche se quebró
entre gritos de júbilo de cientos de jóvenes (aquella es una zona
universitaria) que comenzaron a salir a la calle. Festejaban, se abrazaban,
saltaban. Iban todos en la misma dirección, por la Pennsylvania Avenue, hacia
la Casa Blanca. Imposible perderme aquello aunque perdiera el Metro.
El contingente se
nutría conforme nos acercábamos a la residencial que se ubica en el número 1600
de aquella Avenida. Ya no sólo jóvenes, sino adultos caminaban. No sólo a pie,
sino en carro, las personas festejaban. El sonido se incrementaba. La bandera
estadounidense, en mano de los jóvenes, ondeaba a la luz de las farolas de la
ciudad. Sus colores podían reconocerse en pantaloncillos, sombreros y pelucas.
Todos con teléfono en mano, fotografiando y videograbando el momento de su
celebración. Compartiéndolo por las redes sociales. Muchos eran los que iban,
pocos los que regresaban; aquéllos disfrutaban el resultado, estos, quizás,
fueron sorprendidos frente a los jardines de la Casa Blanca por la noticia de
un candidato sin triunfo.
Seguí los pasos
de la multitud y sus porras, hasta el centro de gravedad.
A la puerta de la
residencia oficial, el festejo era mayúsculo. Las caras alegres coleccionaban
todos los rasgos étnicos imaginables. La bandera americana compartía el espacio
con otras banderas en las manos de, quizás, estudiantes de intercambio que
fueron contagiados por el júbilo. Los blasones en las puertas de la Casa Blanca
no sólo pertenecían a otras naciones, sino a movimientos sociales. Todos
celebrando, un mosaico.
Sentada en los
hombros de su amigo y con megáfono en mano, una jovencita animaba la porra.
O-ba-ma, O-ba-ma, O-ba-ma. Four-more-years. Su voluntad rebasaba la cansada
garganta que se le cerraba a cada grito pidiendo una pausa; en pocos minutos,
fue sustituida por otra joven con igual ánimo, pero mejor voz.
Otra muestra
espontánea de unidad. Por unos instantes, todas las otras muestras de alegría
fueron sofocadas por el unísono del himno nacional. Con la mano derecha en el
pecho y retirándose los sombreros del Tío Sam, todos seguían las estrofas.
Luego, otra vez, cada quien a lo suyo.
Festejaban la
reelección, pero también a ellos mismos. Del ejercicio de uno de los sistemas
electorales más complicados y poco justos en el mundo, había ya un ganador y
los americanos celebraban. Algunos inconformes habrá, pero lo que se espera es
la observancia de las reglas. Como parte de la celebración puede contarse el
discurso del candidato que no será favorecido por el voto del Colegio
Electoral: por el bien de su país, le deseó lo mejor al presidente
reelecto.
Después de más de
un mes, me regreso a mi país. Estoy muy agradecido con la vida por la
oportunidad de haber colaborado, en este tiempo, en algunos proyectos de
oficinas gubernamentales americanas. A mi esposa e hijas, agradezco el soportar
la ausencia y la distancia. Agradezco a todos quienes leyeron estas
postales.
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