El
"Querrier Diner" es el primer restaurante inaugurado después de la
Segunda Guerra Mundial, acá en la capital de Virginia de Occidente.
Allá,
por 1946, el "American Restaurant Magazine" patrocinó la publicación
de un número especial dedicado a explicar sus (hasta entonces poco conocidas)
estufas a gas, sus modernos electrodomésticos, su edificio con grandes
ventanales erigido por la emblemática firma "Kuhn Construction Co.",
bajo las órdenes de los visionarios Hermanos Young, según los planos del
arquitecto Glenn C. Hancock. Un ícono de la modernidad de la mitad del siglo
pasado.
Para
mi fortuna, se conserva como en aquel entonces, la comida es deliciosa y queda
a un par de cuadras de donde laboro. La vida, al momento del "lunch",
es bella.
Acá,
lo más significativo es que la estampa ha conservado sus colores originales por
razones genuinas: no se trata de un truco para atraer turistas; sencillamente
sucedió. En las mismas mesas, los mismos comensales y el tiempo que no pasa o
lo hace sin prisas. Quien llega a los almuerzos del "Querrier Diner",
lo hace para quedarse a envejecer. La clientela se transmite por generaciones y
tiene árbol genealógico propio. Mas forzados por la vida que por decisión
propia, somos pocos los que vamos de paso.
Piso
con patrón de ajedrez, percha al lado de cada mesa, barra lateral frente a las
estufas, asientos de piel color vino. Una instantánea que capturó ese episodio
de la postguerra. Fotografía que se resiste a cambiar y cuyo involuntario
esfuerzo, aunque por distintas razones, agradecemos todos sus clientes.
Hay,
sin embargo, algunos detalles que nos recuerdan que, fuera de esas puertas, la
vida avanzó. El ejemplo perfecto lo regaló Leslie, cajera habitual, el martes
pasado.
Con
agradable sonrisa, como todos los días, Leslie recibía a sus clientes; la obvia
variación se encontraba en su amoratado ojo izquierdo. Imposible no percatarse.
Pero ella actuaba como si nada y yo, tragándome la sorpresa, correspondí de
igual manera. Y no era el único: sentado en la barra y esperando la orden,
viendo por el espejo frente de mí, me cercioré de que nadie preguntaba o se
sorprendía o se perturbaba con semejante manchón sobre piel tan clara. Un
asunto cultural, pensé: no meterse donde no te llaman y que el mundo siga, es
parte del estereotipo más rancio del "american way".
Pero
no pude dejar de involucrarme. Detrás de ese ojo inflamado, imaginé había una
terrible historia de machismo con olor a dólar del que no estaba dispuesto a
ser cómplice por omisión. Algún teléfono o correo electrónico habría para
denunciar el asunto.
Alistando
lo que pensé terminaría siendo tremendo expediente, pregunté a Liv, mesera y
hermana de la afectada. Soltando risotadas, fulminó mi carrera de servidor
social: aquella lesión es consecuencia de las clases de artes marciales a las
que Leslie asiste tres veces por semana... tiene, al hombro, varios campeonatos
estatales y, por algún tiempo, resultó aspirante a las olimpiadas, me dijo. Así
que ni pensar que el novio, con quien tiene cuatro años viviendo, pueda ponerle
un dedo encima. O bien, si lo hace, llevaría las de perder.
Mas
o menos así la historia de ese ojo morado que rompió la tranquilidad (la mía,
al menos) de un lugar donde ni el tiempo pasa.
En
una atmósfera de mitades del siglo pasado, una experta taekwandoín. Un exacto
equilibrio entre pasado y presente que solo puede suceder en el centro de una
ciudad que ya comienzo a sentir como propia... justamente cuando ando haciendo
maletas para irme a Washington y atender asuntos relacionados con la
responsabilidad que me encomendaron en Virginia de Occidente.
Por
cierto. Cuando supo sobre mi viaje a esta parte del planeta, don Jesús R.
Cedillo me pidió coleccionar, a su salud, una experiencia: pescar en río. Con
algo de suerte, y si el clima lo permite, este fin de semana estaré con el agua
hasta las rodillas intentándolo.
Cinco
semanas alejado de Coahuila. Vaya que fuera del "Querrier Diner", el
tiempo pasa rápido, y así la vida.
Ya
los pondré al tanto. Desde acá, mando saludos.
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