Resulta
que entre las personas con las que he convivido hay un guatemalteco, es algo
así como una estrella bailando tango. El tango, como se sabrá, es un género
musical tradicional en Argentina (y Uruguay, algunos agregan). Apenas se supo,
al amigo no dejaron de lloverle propuestas para que, en estas semanas que nos quedan,
sea el profesor y les enseñe un par de pasos.
Frente
a donde he vivido en las últimas semanas, vive una argentina que se casó con un
peruano y se vino a vivir a Virginia de Occidente hace más de cuarenta años.
Cuando se enteró de la existencia del bailador, se ofreció a encontrar la
música perfecta y compartirla con el grupo. Y así lo hizo. O casi. Resulta que
la señora (tendrá unos setenta años) envió algunos videos de Lucero Tena,
excepcional bailarina del flamenco que es, como se sabrá, un estilo de música y
danza de Andalucía, comunidad autónoma de España. Y, como si fuera poco este
nudo, resulta que esta excepcional expositora del arte andaluz, no es de
España, sino de México. De Durango, para ser más preciso.
Y,
a todo esto, ¿Cómo fue que un guatemalteco se convirtió en experto bailarín de
un ritmo argentino? La historia, parece, se remonta a la juventud de sus padres
quienes, por razones comerciales, viajaron tanto a Argentina que él,
prácticamente nació a ese ritmo. O algo así.
Así
de pequeño es el mundo. Entiendo que, para el tiempo en que deba despedirme de
mis nuevos amigos, es poco probable que alguno pueda estar anotado en el
programa "Dancing with the Stars" ejecutándose alguna pieza de Carlos
Gardel o Astor Piazzolla. Pero los reflectores son lo de menos.
Acá,
en tan solo algunas semanas, un grupo heterogéneo puede integrarse y buscar
hacer algo en común. Es, creo, mucho a lo que está acostumbrada una comunidad
en donde hay de todos colores y procedencias. Claro que de todo hay, pero así
las cosas.
A
fin de cuentas, no somos más que personas viviendo bajo el mismo cielo.
Compartimos un espacio y un tiempo y tenemos las mismas preocupaciones. Y esto
se extiende a la comunidad y al mundo, sin exagerar.
En
Charleston, por ejemplo, se está viviendo un proceso para rescatar su centro,
su "downtown" como le dicen. En algún momento, hace años, a la
comunidad dejó de importarle lo que pasara en ese cuadro de la ciudad y, poco a
poco, se convirtió en un espacio lleno de edificios abandonados y un nido de
delincuentes. Ahora, se ha conformado un patronato (gobierno, iniciativa
privada, artistas, todos de la mano) y se han dado a la tarea de organizar
eventos culturales, recuperar espacios públicos y reactivar la actividad
económica. ¿Suena familiar? Con algunas variantes, a mi me recordó "La
calle cobra vida" de Saltillo. ¿Cómo explicar que, en dos lugares tan
distantes, pueden estarse viviendo procesos similares? Finalmente, repito,
somos personas y vivimos bajo el mismo cielo.
Algo
similar me ocurrió el año pasado, en la capital de Perú. El déjà vú de las
políticas públicas. Cuál no sería mi sorpresa al ver, en domingo por la mañana,
una "Ruta Recreativa" cruzando sus principales avenidas. Y ni al caso
regatear la originalidad de la idea. Poco sirve saber quién fue el primero que
hizo qué o cuál ruta es más extensa, o más ancha, o más concurrida. Al fin de
cuentas, cada ciudad tiene la propia y les ha servido.
Acá,
en la capital de Virginia de Occidente, ya encontraron qué hacer con las
columnas que sostienen los puentes, esos espacios muertos. Dentro de un
programa de arte público (para más referencia, visitar
http://publicartcharleston.org/) los artistas con propuesta se expresan.
Total
que ahora, esos espacios son parte de una colección de unas sesenta piezas de
arte público debidamente catalogadas y editadas en un pequeño volumen que se
entrega a propios y visitantes y que, de paso, contribuye a la estrategia
turística y comercial de la localidad. Un proyecto redondo ejecutado sin mucho
aspaviento.
Somos
personas y vivimos bajo el mismo techo. En términos generales, compartimos los
mismos intereses y vemos, con agrado y agradecimiento, las propuestas honestas
que pretenden hacer de nuestro entorno un mejor lugar para vivir. La
honestidad, une.
Por
eso duele cuando se anuncia una nueva constitución que, se dice, viene a
fortalecer, entre otros aspectos, la transparencia. Pero resulta que no se sabe
(ni se sabrá) cuánto costó, ni a quién se le pagó, ni si realmente se
necesitaba todo ese circo.
O
si hubiese sido mejor, por ejemplo, usar ese dinero para nuestros artistas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario