En
seguridad, el ambiente está caliente pero no hay termómetro para saber la
seriedad del problema. Sin indicadores bien definidos, saber cómo va un
gobierno es tanto como esperar puntualidad en los eventos donde el convocante
no usa reloj.
Sin
datos duros, a los gobiernos apenas y les queda la retórica: sonar convincentes
cuando dicen que todo va bien, buscar solo aquellas mediciones que fortalezcan
su dicho, descalificar al observador externo que diga lo contrario. Eso y
cruzar los dedos, esperando que su responsabilidad termine sin ser descubiertos
en una mentira grave.
Un
buen gobierno, no tendría razón para esconder su información. Someterse,
incluso, a un verdadero escrutinio público. Pero eso lo hacen sólo los buenos
gobiernos.
En
pocas semanas, en Coahuila, la administración del Ejecutivo seguramente
comenzará a recopilar información para la elaboración del Primer Informe. Será
un momento interesante en el que, se hará presente la creatividad de sus
redactores, alquimistas de los números oficiales: para que lo hecho luzca como
algo sin precedentes y lo deshecho se olvide o se tome como asunto natural de
una administración que inicia.
Más
allá del arte de la cifra oficial maquillada, debe señalarse, desde hoy, que
entre las muchas carencias que (con estoicismo) sufre este Gobierno, debe
contarse el de sus indicadores. Construidos con mala mano y desconociendo toda
técnica, no pueden (no deben) orientar el trabajo de esta administración.
¿De
qué, entonces, se hablará en el Primer Informe? Habrá mucho rollo, pocas
cifras; muchas citas de lo histórico y, del futuro, solo lo que alcance con la
imaginación. ¿Corren las apuestas?
Quizás
los problemas más urgentes (la inseguridad o la deuda, por ejemplo) han
impedido que los tomadores de decisiones se centren en lo importante. El desdén
hacia una autoevaluación honesta, se mira por muchos lados.
El
Ejecutivo del Estado, por ejemplo, cumple las leyes según su propia
interpretación.
La
fracción IX del artículo 19 de la Ley de Acceso a la Información dice que
"Las entidades públicas deberán
difundir. Los planes, programas o proyectos con los indicadores de gestión que permitan conocer las metas, por
unidad responsable". ¿Qué publica ahí el Ejecutivo del Estado? Una versión electrónica
del Plan Estatal de Desarrollo, donde no hay metas ni unidades responsables.
Para decirlo rápido: "cumplen", llenando espacios que debieran ser
empleados para información muy específica, con cualquier cosa. Y así, en muchas
acciones.
Imagino
que no habrá muchos ánimos por defender lo indefendible, pero pudiera haber
quien argumente que embutiendo el Plan de Desarrollo, sí cumplen. En fin. De
cualquier manera, si de algo adolece el Plan Estatal es precisamente, en sus indicadores,
donde no se usó brújula y terminaron completamente perdidos.
Para
ejemplo, un botón. El indicador 192, mal-llamado "de resultado", es
uno de los diez en los que, se supone, el Gobierno de Coahuila fija su atención
para saber cómo le va en su trabajo en materia de seguridad. Se llama
"Porcentaje de percepción de inseguridad pública". ¿Qué mide, quién
lo mide, cada cuándo se mide? Es un misterio. Hay, sin embargo, un "Índice
de percepción sobre la seguridad pública" que elabora el INEGI. ¿Será esto
lo que se quiso decir? De cualquier manera, difícilmente serviría: este Índice
se construye a partir de una encuesta aplicada a menos de 2 mil 500 viviendas
en 32 ciudades del país. Si bien sus resultados son representativos para el
nivel nacional, no sucede lo mismo a nivel Estado y, mucho menos, para las
regiones o municipios de Coahuila.
En
seguridad, como se sabe, el ambiente está caliente, pero no hay un termómetro
para saber qué tan serio es el problema
ni qué tan efectivas son las acciones.
En
el Plan Estatal de Desarrollo puede leerse: "la evolución de los
indicadores será difundida periódicamente por internet, en la página del
Gobierno del Estado, y por otros medios, a fin de que todos los interesados
puedan conocerla". Otro compromiso sin cumplir.
La
lista de indicadores que nada dicen, cuyo empleo de nada servirá al propio
gobierno, es larga. Y eso debiera preocuparle a alguien.
Sin brújula y
perdidos en la elaboración de indicadores; sin esfuerzos para dar un
seguimiento de fondo a los compromisos públicos. Ante esto, no ha quedado más
que llenar la publicidad oficial destacando el número de nuevas leyes y
reformas o anunciar como propias obras que tan solo se concluyeron porque en
todo lo demás, el asunto está hueco.
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