Pudiera
ser la necesidad de sentirse algo así como héroes. 0, quizá, es con la
intención de construirse una leyenda de
administradores muy efectivos o de políticos muy chambeadores.
Con
el cierre de este año, prácticamente hemos llegado a la mitad de los gobiernos
municipales aquí en Coahuila. Los 38 alcaldes presentan sus informes y, en la
medida de sus posibilidades (o mejor dicho, en la medida de lo posible, según
los presupuestos a disposición), publicitan sus logros.
Pues
bien, en todo lo anunciado y divulgado hasta ahora, llama la atención que más
de un alcalde se ha ufanado por haber cumplido casi la totalidad de sus metas
estando a la mitad de su mandato. El mensaje es sencillo y atractivo: ha
trabajado tanto, que sólo necesitó la mitad del tiempo para cumplir lo
prometido. Y aquí es donde, digo, pareciera tratan de abonarle a una leyenda;
se están construyendo un perfil de algo así como un salvador del pueblo, un
incansable trabajador.
Sin
embargo, cuando se piensa a detalle, cumplimientos tan desmedidamente fuera de
tiempo, no son necesariamente buena señal.
Cuando
se escuchan esas expresiones de metas cumplidas a mitad del camino, debiera
cuestionarse el proceso de planeación: o fue defectuoso o no existió. Más allá
de la formalidad de tener un documento, la adecuada planeación tiene mucho
sentido y es parte de ser responsables. Acá en Coahuila, desde lo dicho en la
Constitución, los municipios tienen la obligación de planear, entre otras
cosas, qué van a hacer y cuándo lo van a hacer. No viene al caso hacer cita de
los artículos a los que me refiero: pero todo está ahí, en las leyes. En los
Planes Municipales de Desarrollo y los programas operativos anuales, además, debieran
especificarse metas, beneficiarios, tiempos y amarrarlos con el tema presupuestal.
En
ejecución de toda actividad, así lo refieren organizaciones internacionales como
el PMI international, coexisten tres ejes: el tiempo, el dinero, la calidad.
Muy parecido a lo que diría el filósofo de Güemez, las cosas suceden cuando
deben suceder, según el equilibrio que haya en estos tres factores. Si hay
mucho dinero puedes disminuir el tiempo de la ejecución o incrementar la
calidad de lo que realizas; si quieres más calidad, o le inviertes más tiempo o
más dinero. Pero si lo que buscas es reducir el tiempo, o se incrementa el
dinero que se le destina a los proyectos o se disminuye la calidad del
resultado. Este triángulo, con sus variaciones, es casi una ley: los milagros existen,
pero por su naturaleza rara vez se presentan.
¿Cumplir
en menos tiempo significó menos calidad en los bienes y servicios? Luego hay
esas obras de relumbrón que sirven para la foto del banderazo, pero al poco
tiempo deslucen o no hay dinero o mecanismos para su mantenimiento.
¿Cumplir
fuera de tiempo significó un incremento en los flujos de efectivo? Las deudas no
son, en sí mismas, malas. Lo complicado viene cuando lo debido no estaba
contemplado. Recuérdese que a mitad de este año, la deuda de los estados y
municipios llegaba a su (hasta entonces) máximo histórico; antes ni noticia
era. Las deudas, insisto, no son malas en sí mismas... pero hay veces que el horno
no está para bollos.
Cumplir
demasiado tarde no es bueno; tampoco hacerlo demasiado pronto. El acento debe
cargarse en la planeación: qué se tiene, qué se quiere, qué se puede.
Llegar
a la mitad del mandato y decir que su tarea ha terminado debiera servirle más
al Alcalde que, por alguna u otra razón, está por dejar su encomienda que a
quien todavía tiene dos años más por hacer. En fin.
Muchas
veces (¿siempre?) los tomadores de decisiones están rodeados de porras, cantos
de sirena, y no pueden ver más allá. Superando el mero discurso, terminar en la
mitad del tiempo puede significar profundos problemas en la planeación o en la
ejecución de las políticas públicas. Y eso huele a problemas en el mediano y
largo plazo. Eso, me parece, también puede aprenderse de la historia reciente.
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