Hará una semana, en el marco de una misa en Monclova por el territorio
de AHMSA, el Obispo de Saltillo dijo (palabras más, palabras menos) que
nuestros políticos ofrecen esclavos a la industria extranjera, que las reglas
están hechas para que no se generen derechos ni antigüedad, que los políticos
son cínicos, mentirosos, ignorantes e ineptos (Agencia Infonor, diciembre 12,
2015).
De las reseñas, ninguna referencia directa: no hubo nombres ni
apellidos. Pero, sin duda, más de alguno se puso el saco. Cada quien, la parte
que tome.
Días después, el todavía gobernador respondió en entrevista hecha en
Monclova: “A lo mejor el Obispo debería reflexionar y ver la información que
tenemos: la pobreza laboral en nuestro Estado ha disminuido; somos el primer
Estado de mayor formalidad en 70 por ciento de jóvenes y 65 por ciento en
población abierta” (VANGUARDIA, diciembre 14, 2015).
Hasta aquí, ninguna novedad. Tampoco es que se diera respuesta a los
cuestionamientos del jerarca católico, pero algo debía decirse. Pero ahí no
terminó la respuesta.
El titular del Ejecutivo, agregó: “Al Obispo le diría que es pecado
decir mentiras, por cierto, hay que checar las denuncias que hay en la Junta de
Conciliación y Arbitraje contra él”. Cuando se le insistió si el representante
católico es una persona que miente, afirmó: “Eso fue lo que dije” (VANGUARDIA,
fecha ya señalada).
¿Por qué la necesidad de calificar al Obispo? ¿A qué responde la
referencia de revisar las denuncias laborales en su contra? ¿A cuenta de qué el
enfrentamiento?
El Obispo de tierras saraperas es de los que polarizan la opinión, no
a todos cae bien. Tampoco quien despacha en Palacio Rosa, por cierto. Pero en
la forma está el fondo y esto no es concurso de simpatía.
La reacción del todavía gobernador hace suponer diferencias fuertes
contra la cabeza de la Iglesia local. ¿Cómo interpretar, desde la arena del
poder laico, la referencia al pecado? Dirán algunos que el primero en pisar fuera
del templo fue el Obispo. Pero, siguiendo la tónica, ¿así vamos: ojo por ojo? ¿No
era suficiente presentar sus datos y, quien quisiese, que llegara a su
conclusión?
Ahora que no es la primera vez que el Obispo habla de la nueva
esclavitud que percibe. Lo ha señalado sobre el trabajo en las minas al norte
de Coahuila (La Jornada, febrero 20, 2012; VANGUARDIA, julio 26, 2012); lo ha
hecho también durante su homilía, por considerar venía al caso (La Jornada,
agosto 3, 2013). Este año, no fue la primera ocasión que sus declaraciones
fueron rescatadas por la prensa (véase Milenio, junio 29, 2015)… pero entonces
no provocó tanto.
Si contra el Obispo hay procedimientos laborales (al menos), pues debiera
esperarse una justicia impartida de manera imparcial y pronta. Pero aquí el
exceso: la referencia del Ejecutivo suena a amenaza, trastoca la imparcialidad:
la información privilegiada como instrumento de dominio.
La escalada en el tono del Ejecutivo sería, para esta administración,
normal. A quien opina diferente, de alguna manera, le recuerdan los esqueletos
que tiene en el closet. Cuando el disidente insiste, alguien los descubre. Todo,
da la casualidad, llamando al purificador manto de la legalidad. Pero el
recuento de esas casualidades es material para otra colaboración.
En una de esas, la molestia expresada en una respuesta excesiva no
viene ni siquiera de las declaraciones del Obispo, sino de su participación en
aquello de las tierras en Noria de la Sabina, General Cepeda. Y ahí sí, detrás
de bambalinas, pocos saben lo que hay.
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