Complicado el asunto. Tanta basura tóxica producida, pocos lugares
para su confinamiento. Basura que, si no se ve, en algún lugar está; y si no se
le ha puesto en un lugar para ello, de seguro que ya se ha provocado un daño
irreversible.
Encontrar un lugar y edificar un CIMARI, Centro Integral de Manejo
Ambiental de Residuos Industriales. Complicado. Alrededor de eso hay, por
supuesto, intereses. Los vecinos inmediatos: ellos tendrían todas las dudas y
sufrirían los riesgos inmediatos de un confinamiento inadecuado; los demás, que
no ayudamos y por eso estorbamos; las autoridades, que algún dinero ingresarán
por permisos y otros servicios. Agendas
que se sobreponen, se encuentran, rompen.
Al centro de Coahuila, esta situación se ha venido complicando.
En días recientes subieron de tono las manifestaciones de los
pobladores del lugar donde estaría un nuevo CIMARI (Ejido Noria de Sabina,
General Cepeda). El encarar al Alcalde, poco antes, y pedirle un actuar
responsable, fue lo mismo que nada. Ahora, han ocupado el predio y por ello enfrentarían
una demanda por despojo y daños.
Frente, la autoridad. En palabras del Secretario de Gobierno de la
entidad: “Nosotros checamos toda la documentación para la apertura… y todo está
en orden, ahí no sabemos qué es lo que pasa, hay ahí un grupito de gentes que
invadieron el área privada” (VANGUARDIA, octubre 16, 2015). Ahí, en una
pincelada, la posición oficial.
¿La magnitud de lo que está en juego? Algunas cifras… y preguntas
sobre ello.
De las 86 mil toneladas de residuos peligrosos producidos por la
industria coahuilense, apenas el 25 por ciento estaría siendo confinado de
manera adecuada. Esto es, al menos, el dato que publicita la empresa que quiere
construir el confinamiento en General Cepeda (VANGUARDIA, octubre 2, 2015).
¿Pudiera haber un sesgo en la cifra dado quién la difunde? Démosla por
buena. Lo que la empresa (sus estudios)
ha detectado para argumentar la urgencia de su intervención se traduce es un 75
por ciento de residuos de la industria coahuilense no dispuestos de manera
correcta.
Aquí las preguntas que, gracias a la empresa, deben hacerse: ¿Dónde ha
estado la autoridad ambiental todo este tiempo? ¿Quién autorizó la instalación
de esa industria que contamina sin exigirle un plan para el tratado de sus
deshechos? ¿Quién supervisa?
Si las cosas están como la empresa constructora dice, por supuesto que
hay una urgencia. Parte de esa urgencia es exigirle a la autoridad rinda
cuentas sobre lo que evidentemente ha dejado de hacer.
Otra arista no menos importante es “la política de la aplanadora” que
continua siendo la estrategia predilecta de un gobierno que va hacia su segunda
mitad. No hay capacidad de conciliación ni diálogo, lo que ofrecen (como premio
mayor) es un desalojo pacífico.
Ofrecen, también, un aval que les queda grande: Ellos (quienes sean
los que esté incluidos en el dicho del Secretario de Gobierno) ya revisaron la
papelería y todo está bien. Lo dice como si fueran infalibles, como si no hubiera
un historial de errores. Muchos gobiernos, en eso, han fallado.
Esto, por si fuera poco, se enfrenta con la postura de un Obispo que
lo mismo parece trabajar por limpiar el alma que el agua. Y, si bien su
presencia polariza, no es cualquier cosa. Hay un factor real de poder por
considerarse, no solo un “grupito de gentes”.
Complicado. Acá, la forma es fondo. Y es un gobierno que ya va de
salida.
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